24 de marzo de 2013

Sívori, el perfecto Carasucia, ídolo en River, Juventus y Nápoli.

Posted By: Marisa Belèn Repetto - marzo 24, 2013


Fue ídolo en River, Juventus y Nápoli. Representó a los seleccionados de Argentina y de Italia. En 1961, ganó el Balón de Oro. Pero sobre todo resultó un óptimo representante del carácter lúdico del fútbol.

Está en boca de todos. Es una presencia frecuente en cada diálogo entre hinchas de River. Casi sin darse cuenta él está ahí. "Vamos a la Sívori", dicen camino al Monumental dos hinchas, que pueden ser otros dos cualquiera o miles de otros que por allí andan, cumpliendo con ese rito de ir a ver a River, militando en ese empecinamiento creciente por llenar estadios. También sucede una curiosidad: la mayoría de los que lo mencionan no lo vio jugar. Por una razón sencilla: no habían llegado.

Enrique Omar Sívori nació en 1935 y jugó en River entre 1954 y 1957. Fue crack desde joven. Con su habilidad de potrero aportó delicias al River tricampeón 1955/56/57. Su talento era evidente. Y no hubo casualidad: luego del Sudamericano de Lima, fue transferido a la Juventus en una cifra récord para el fútbol del mundo, que tardó cuatro temporadas en ser superada (con el traspaso de Luis Suárez del Barcelona al Inter). Con los diez millones de pesos que pagó el club italiano, River consiguió terminar su estadio, con la construcción de la tribuna Norte, la del Río de la Plata. También por eso, ir en este tiempo a la Sívori tiene el valor agregado de un homenaje.

Deslumbró desde su llegada a las inferiores de River. Pronto ya estaba debutando en Primera. Su estreno también fue un hito: ingresó en reemplazo de uno de los máximos referentes de la historia del club, Angel Labruna. Fue ante Lanús y Chiquín -el apodo que traía desde los días de la niñez- convirtió el quinto tanto de una goleada para el aplauso. No se habló mucho de él en aquel abril de 1954. Era lógico: el inmenso Walter Gómez había hecho cuatro goles esa tarde. Lo que continuó en su recorrido por Núñez fue puro deleite, incluso más allá de las estadísticas:  63 partidos, 28 goles y tres títulos. Era la gambeta al servicio de la estética y del equipo, era el desenfado por vocación, era la audacia como recurso frecuente.

"De chiquitito ya era una atracción. Todos venían a ver cómo tocaba la pelota. Un verdadero fenómeno", contó en alguna oportunidad Angel Massimo, el entusiasmado presidente del Club Teatro Municipal, en el que el crack de San Nicolás ofreció sus primeros encantos. Ya de pibe se enojaba cuando perdía la pelota; le gustaba llevarla atada a su botín. Y lo conseguía con regularidad. Fue una de las grandes estrellas de los años 50 y 60. Con la perspectiva del tiempo, con Diego convertido en San Diego de Nápoles, la revista Guerrin Sportivo lo mencionó a Sívori como "El Maradona de los 60". Alfredo Di Stéfano, otro de los cracks sin tiempo, dijo sobre El Cabezón alguna vez: "Era fantástico; lo tenía todo".

Con la destreza de su pluma lo describió, a modo de tributo, el periodista Héctor Hugo Cardozo, en alguna silla de esta redacción: "Fue allá lejos en el tiempo. Quizás muy lejos, pero qué importa. Ese tiempo en el que las escenas gratas o ingratas se transforman en tesoros inviolables para la memoria. En el que cada recuerdo queda para siempre. Y desde allá a lo lejos Enrique Omar Sívori forma parte de nuestra historia: la que se fue armando episodio por episodios, con todas las venturas y desventuras de la vida misma.
 
En ese andar por los años primeros, cuando la pelota (de trapo o de goma sobre la tierra o el empedrado) era el juguete privilegiado, Sívori fue el modelo a copiar. Un sueño de pibe. El crack cuando abundaban los cracks. El que la pisaba mejor, el que gambeteaba mejor, el que dormía la número 5 amarilla en su empeine zurdo, el que amagaba y los rivales se caían como muñecos de pies redondos. Por eso cada jugada se transformaba en un manual completo del jugador ideal. Por picardía, por ingenio, por destreza, por talento, por los goles. Y se agigantaba la figura del Cabezón en cada fantasía que contaban los diarios y en cada relato de Fioravanti". Esa fascinación generaba el crack que parecía patinar por el campo de juego.

La propia FIFA, que ubicó a Sívori en su listado de los 50 mejores jugadores del Siglo XX, lo definió en su Salón de la Fama como "El mago de las medias bajas". Su magia y su detalle. No había azar en su gusto por el juego. Tenía una máxima que respetaba a rajatabla y con talento. Lo explicó él, cuando todavía jugaba: "La única manera de hacer divertir a tantos miles de espectadores que van a la cancha es divertirse uno mismo. Si uno no se divierte, no puede hacer divertir a los demás". Y eso hacía él. Y también tenía una mirada particular sobre ese detalle que lo hizo icónico: las medias bajas. "Eso lo inventé yo, era algo psicológico. Creía que al ver la pierna desnuda, el adversario me pegaría un poco menos..." De todos modos, bastante le pegaban. Y eso solía generar el menos atractivo de sus rasgos: la irascibilidad. Se enojaba con frecuencia y lo terminaba pagando ocasionalmente con expulsiones. Era el detalle imperfecto que lo hacía más cercano y más querible.
 
Sobre todo, Sívori fue un auténtico Carusucia. Lo cuenta la historia que él protagonizó: hay equipos que exceden sus propias conquistas, que existen más allá de su máximo logro. Los Carasucias del Sudamericano de Lima, en 1957, son un ejemplo paradigmático al respecto: jugaron juntos apenas 6 partidos oficiales, pero nadie los olvidó nunca. En abril de aquel año, Argentina se consagró campeón al golear 3-0 a Brasil, con una actuación para guardar en los museos del buen juego. Desde entonces, aquella delantera de Oreste Corbatta, Humberto Maschio. Antonio Angelillo,  Sívori y Osvaldo Cruz ya forma parte de la profusa mitología del fútbol argentino. Era un fútbol sin misterios y con brillos. Lo contó Humberto Maschio: "Don Stábile no nos pedía nada raro. Era tranquilo para dar indicaciones. Y si tenía algo para decirte, se te acercaba y te hablaba al oído. A mí, por ejemplo, me pedía que me desmarcara siempre. Pero nos daba libertades para jugar". Para Sívori aquel fue el contexto ideal. Y algo más: resultó su trampolín al fútbol de Europa, tras ser elegido el mejor jugador de la competición.
Resultó pura gloria su paso por la Juventus. Ocho temporadas, tres Scudettos, dos Copas de Italia, Capocannoniere en 1960, Balón de Oro en 1961. Se convirtió en un futbolista adorado. Desde entonces y para siempre. Ya nacionalizado, prestó su talento a esa Italia que ya lo había adoptado como propio. Luego, en Nápoles, fue superhéroe antes que Maradona. Llevó al equipo del Sur a pelear por el Scudetto por primera vez en su historia de postergaciones. Durante tres temporadas consecutivas, los celestes estuvieron entre los cuatro primeros.

Y Sívori se ganó la ovación perpetua. Había afinidad entre ese Nápoli proletario y ese futbolista hacedor de milagros con los pies. El significado de su contratación y luego de su traspaso al Nápoli, lo retrató cuatro décadas después el periodista Enric González, en su columna "Historias del calcio", del diario El País: "En Turín nadie sabía gran cosa de aquel tipo renegrido y cabezón que habían fichado los Agnelli. El Juventus de 1957 acababa de cerrar una temporada muy mediocre, con un noveno puesto, y el público exigía a la Fiat que reforzara el equipo. La sociedad automovilística de los Agnelli trajo a una estrella, John Charles, el gigantesco ariete galés llegado desde el Leeds United.

Y a ese otro, argentino, a cuya presentación acudieron unos pocos. Esos pocos hicieron bien. El Cabezón salió al césped arrastrando los pies y con las medias caídas, vio las gradas semivacías, escuchó cuatro aplausos mal contados y decidió presentarse: se colocó el balón sobre el pie izquierdo y dio tres vueltas enteras al campo, corriendo y saludando, sin que el cuero tocara el suelo. Los diarios de Nápoles relataron la hazaña al día siguiente. Y desde ese día los napolitanos soñaron con tener para sí a ese genio irreverente y burlón que, como Garrincha, se paraba a esperar al contrario para hacerle otro túnel o para reírsele en la cara". Estaba escrito en algún rincón de la historia: Sívori fue un augurio de San Diego de Nápoles.

En 2005, cuando Sívori falleció, Turín y Nápoles lo lloraron y lo recordaron. "Con Omar Sívori desaparece un artista del fútbol, un gran intérprete que transmitió su pasión a miles de tifosi. Permanecerá en las memorias la imagen de un futbolista atípico, con las medias siempre bajas, su gusto por la gambeta, su búsqueda del espectáculo anteponiéndolo incluso al resultado", expresó Franco Carraro, entonces presidente de la Federación Italiana. Gianni Rivera, contemporáneo de Sívori y rival con la camiseta del Milan, señaló: "Incluso para un adversario, era un placer verlo jugar... Pensaba antes que todos y así resultaba casi imposible quitarle el balón. Fue uno de los grandes". Giampiero Bonipeti, compañero en sus tiempos de la Vecchia Signora, contó: "Era un encanto: el toque del balón, el dribbling y el túnel extraordinario y maldito que hacía enloquecer a sus adversarios. Sívori tenía una clase excepcional. Jugar con él era una maravilla". La Gazzetta dello Sport lo saludó con dos palabras: "Addio, genio". En breve, la tribuna Almirante Brown del estadio Monumental comenzaría a llevar su nombre.

 
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A proposito de Marisa Belèn Repetto

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1 commentarios:

  1. Que JUGADOR EN LETRAS MAYÚSCULAS! Gracias por el artículo. Si te gusta el fútbol de grandes monstruos, te invito a ver nuestro artículo sobre los Carasucias de 1957. en este enlace: http://bit.ly/MDBTjl

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