27 de marzo de 2013

Josef Bican el vienés de los 1.500 goles

Posted By: Marisa Belèn Repetto - marzo 27, 2013

Josef Bican convertía más que Messi: su promedio de tantos por partido es el mejor de la historia. Jugó para Austria y Checoslovaquia, pero la Segunda Guerra le impidió mostrarse al mundo.

Las escenas suceden en esos rincones donde el fútbol habita: una tribuna, un entrenamiento, una redacción de la Sección Deportes, un diálogo entre esos amigos que casi no hablan de otra cosa que de los partidos del fin de semana. "¿Quién? No, nada". Se repite la frase, a modo de respuesta a una pregunta que representa asombro: "¿Sabés quién fue un tal Bican?". Uno, dos, tres, diez, muchos más. Nadie sabe. Algún integrante del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF) ofrece un par de referencias.

Y cuenta que tiene muchos datos por buscar y por revisar. La impresión inicial se hace certeza: Josef Bican es un auténtico desconocido en esta parte del mundo donde nacieron Maradona y Messi. Pero sus datos lo transforman en un futbolista inmenso y su historia lo convierte en un personaje atractivo por donde se lo mire. Para empezar: hacía -en promedio- más goles que el crack rosarino y que Pelé. Según la IFFHS, convirtió 518 goles en 341 partidos de Primera División entre 1931 y 1955. Es decir que este vienés nacido en 1913 (en tiempos del Imperio Austrohúngaro) garantizaba tres goles cada dos encuentros. Sí, un gol por hora.

El diario El Mundo, de España, recorrió en días recientes los récords a los que Messi podía aspirar. Y allí estaba, claro, el gran Josef. Bastante antes de la llegada oficial del Botín de Oro a Europa (en la temporada 67/68), Bican había conseguido lo que nadie antes ni después: ser el máximo anotador continental durante cinco temporadas sucesivas, entre 1940 y 1944. Jugó en el Rapid de Viena y en el Admira Wacker, ambos de Austria. Luego fue al país que lo abrazó como propio: la entonces Checoslovaquia. Y allí anotó 395 tantos en 217 encuentros para el Slavia Praga. Ir a verlo en esos casi doce años (del 37 al 48) era una cita con sus goles. La leyenda que atravesó los tiempos sostiene que Bican era imparable, un adelantado a su tiempo, capaz de convertir 9 de cada 10 posibilidades de gol que se le presentaran. Eficacia pura.

El escritor Josef Pondelik lo retrató en un libro cuyo título es una definición: Bican pět tisíc gólů (Bican, cinco mil goles). Una preciosa exageración que incluye cada grito desde su infancia hasta el día en el que decidió retirarse, ya a los 47 años, cuando jugaba para equipos menores. Algunos datos parecen salidos de algún cuento de Juan Villoro o de Osvaldo Soriano: en abril de 1944, le convirtió nueve goles al SK Pilsen; luego, en los diez partidos siguientes, marcó siete en cada uno. En la Segunda División, con la camiseta del Hradec Kralové, hizo once tantos en noventa minutos. El periodista español Miguel Vidal publicó alguna vez una estupenda entrevista al crack de los récords inverosímiles. Le preguntó si exageraban con eso de los cinco mil goles. Bican respondió sin inhibiciones, convencido: "En absoluto. En toda mi carrera marqué, efectivamente, cinco mil goles. Tengo entendido que Pelé, contándole los de los entrenamientos, mil quinientos. Eso me lleva a pensar que entre Pelé y yo no hay color. Y eso que la Segunda Guerra Mundial me robó siete años buenos, cuando estaba en mi mejor forma. ¿Qué cuántos goles habría marcado en estos siete años? Pues seguramente una cifra respetable". Lo decía en serio.

Pepi (como lo llamaban desde los tiempos de la niñez, esa de ropas repetidas y despojada de cenas pantagruélicas) tenía una capacidad que aprovechó como casi nadie: su velocidad. Excedía cómodamente a la media de los futbolistas de su tiempo. Se parecía más a la de un atleta olímpico. En los 100 metros podía obtener un registro de 10,8 segundos. Sirve el detalle comparativo: en los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936, Jesse Owens ganó la medalla de oro -con récord incluido- al alcanzar la marca de 10,3 segundos. La necesidad le dio el resto: por falta de botines o zapatillas -de dinero, en definitiva- solía jugar descalzo. Y así, la sensibilidad para manejar la pelota y patear creció de manera notable. La combinación fue perfecta: talento de cuna, hambre de gloria y constancia aprendida.

Todas esas virtudes las puso al servicio de dos seleccionados, el de Austria y el de Checoslovaquia. En ambos ofreció lo que de él se esperaba: goles. Hizo 19 tantos en 19 partidos para los austríacos y 12 en 14 para los checoslovacos. En su primera experiencia fue parte de un seleccionado memorable, el Wunderteam. La idea de aquel equipo estelar, dominador de los años 30, la explicó varias veces su entrenador Hugo Meisl: "Antes que incluir a un futbolista torpe, prefiero jugar con diez". Bican encajó muy bien en aquel grupo de talentosos que lideraba desde adentro del campo de juego Mathias Sindelar, ese crack al que los apodos lo calificaban (le decían "Mozart" y/o "El Bailarín de Papel"). Así, con esos compañeros, Pepi se dio un gusto grande: jugar el Mundial de 1934. Austria era una de los candidatos. Pero las rudezas de los italianos (adentro del campo de juego y también fuera de él, en aquellos vestuarios que vistaba Benito Mussolini) detuvieron el paso del equipo de Bican en las semifinales. Con aquel cuarto puesto se cerró el recorrido del delantero de los cinco mil goles en la historia de las Copas del Mundo. Se perdió por poco el Mundial de 1938. Y la Segunda Guerra le quitó la posibilidad de mostrarse al mundo. Ya finalizados los horrores, Bican seguía haciendo goles como si su vida pasara exclusivamente por el arco ajeno. Juventus, que necesitaba contrarrestar la gloria de Il Grande Torino de los años 40, fue a buscarlo. No quiso. Lo impulsaron cuestiones afectivas. Y -cuentan- también polìticas.
 
Creía en un mundo sin totalitarismos. Se negó a afiliarse al Partido Nacional Socialista, en tiempos de Adolf Hitler, y no quiso ser parte tampoco del Partido Comunista, que impartía rigores en Checoslovaquia. Era -eso sí- muy apegado a su familia. Y muy querido.

Dos anécdotas así lo retratan. La primera: en tiempos de la adolescencia, en esos partidos en los que los rivales lo miraban pasar y los goles nacían de sus pies, más allá de que solía enfrentarse a chicos más grandes (de edad y de tamaño), a Josef le pegaron más que lo habitual. Su madre, Ludmila, se enojó. Aguantó la bronca hasta el final del partido. Pero al ver tan golpeado a Pepi, reaccionó: le dio un paraguazo al más arduo de los oponentes. No le gustaba que se metieran con ese niño veloz, su hijo. La segunda: su llegada al Slavia Praga surgió de una necesidad ajena (o no tanto). Su abuela  vivía en condiciones precarias en Sedlice, un pequeño pueblo de la región de Bohemia. Se fue a ayudarla. Enseguida se probó en el Slavia. Los goles llegarían en breve.

Su magnitud se explica con un detalle poético: en la estatua de piedra que le rinde tributo perpetuo en el cementrrio Vyšehrad, de Praga, nunca faltan flores de aquellos que jamás lo vieron jugar. El día de su fallecimiento, en diciembre de 2001, la periodista Ivana Vonderkova lo evocó: "Al morir Josef Bican, abandona este mundo un futbolista de dotes extraordinarias, que consagró toda su vida al balompié. Su actuación en el campo deportivo era comparable a la de un excelente actor en un escenario teatral. Dominaba a la perfección las técnicas del fútbol. Se caracterizaba además por una inmensa rapidez y era capaz de anotar con ambos pies. Sus colegas lo adoraban, sus rivales le temían y todos lo admiraban". A los 88 años, Bican se despedía. Y volvía a nacer: desde entonces, se convirtió en un mito que camina las veredas de Praga y los caminos del fútbol.

 
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