28 de marzo de 2013

Heleno de Freitas infiernos y paraísos del primer playboy de los años cuarenta.

Posted By: Marisa Belèn Repetto - marzo 28, 2013

El brasileño Heleno de Freitas fue uno de los grandes cracks de los años cuarenta. Abogado, millonario, mujeriego y proclive a los excesos, fue ídolo en el Botafogo y en Junior de Barranquilla. También tuvo un fugaz paso por Boca. Una neurosífilis lo mató a los 39 años.

El sol resulta hostil en el verano del sur carioca. En la ensenada de Botafogo, sobre la Bahía de Guanabara, un hombre que parece exagerado invita a repasar la vida de un personaje al que alguna vez -cuando ya no estaba- lo compararon con Pelé. Era capaz de todo, decían. Y dicen. Al día siguiente de una noche con todos los excesos podía convertir goles para guardar en cada memoria. Mujeriego y alcohólico; abogado y políglota. Irreverente y pendenciero; mago y arquitecto de las mejores jugadas.

Campeón sin títulos, Heleno de Freitas fue uno de los cracks más asombrosos de la historia. Adentro de la cancha, con ese repertorio colmado de maravillas. Y afuera, con sus propios infiernos que lo terminaron condenando pronto. Su vida, como su juego, fue puro frenesí. Aunque falleció hace poco más de 53 años, ahora, en las calles de Río de Janeiro, en esos rincones en los que se respiran fútbol y nostalgias, su nombre aparece como el de esas leyendas que atraviesan los tiempos. Son murmullos que se van haciendo mitología entre los que lo vieron jugar y los que escucharon que jugó.
  Heleno no quería ser Heleno. Fue barrilete de su destino. Desde el comienzo. El escritor Antonio Falcao retrató alguna vez el surgimiento del futbolista con una anécdota: Prancha -un poco entrenador, un poco filósofo sin acreditación, un poco loco- se instalaba detrás de un mostrador de naranjas como si fuera un vendedor en la playa de Copacabana. Su modo de captación de jóvenes promesas era novedoso: a cada niño le lanzaba una fruta, miraba cómo la detenía y determinaba si era estrella o estrellado. "Heleno de Freitas, mineiro de 12 años, amortiguó la naranja en el muslo, la dejó caer en el pie, hizo malabarismos, la levantó a la cabeza, la trajo de vuelta al pie, pasando por un control de tacón", relata Falcao. Un crack inversosímil estaba naciendo. Lo que siguió fue el vertiginoso recorrido de un talentoso lastimado por sus propios abusos.
 
"Yo no soy jugador de fútbol, soy jugador del Botafogo", decía, orgulloso, aunque luego el tiempo y otras cuestiones lo llevaron de paseo por clubes diversos. Sin embargo, siempre fue patrimonio del Fogão. Casi por naturaleza. No había otro lugar en el que encajara mejor. Bohemio, encantador, atorrante. Fue un determinismo: los artistas suelen volcar su simpatía por la institución de la Estrela Solitaria. Augusto Frederico Schmidt era poeta y fue presidente a principios de los años 40. Botafogo es el representante carioca del carácter lúdico de este deporte, del fútbol más allá de los vitrinas que muestran consagraciones, del equipo como mensaje. Vinicius de Moraes lo comentó alguna vez: "En Río, la formación de la identidad pasa también por la elección del equipo. Un poeta, fiel a su infancia, elige a Botafogo".  No podía ser de otro modo: era el club de Heleno.
  Fumaba muchísimo, tenía problemas con las drogas, era capaz de perderse en una noche de casino cuatro sueldos juntos. También leía mucho y frecuentaba a los intelectuales de la época. Heleno parecía vivir varias vidas en una sola. En el fútbol, despreciaba la tarea de los árbitros, de los entrenadores y de los dirigentes. Todo en uno. Todo en él. Todo a velocidad supersónica. Cuando el escritor Paulo Mendes Campos definió al Botafogo parecía estar refiriéndose al crack: "Un niño perdido en el poético dramatismo del fútbol".

El periodista Armando Nogueira, que mucho sabía de Heleno y más de las palabras, contó: "El fútbol, fuente de mis angustias y alegrías, me reveló a Heleno de Freitas, la personalidad más dramática que conocí en los estadios de este mundo". Nogueira también interpretaba que el Príncipe Maldito había nacido para el Fogão: "Botafogo es bastante más que un club; es una predestinación celestial". Heleno jugó allí nueve temporadas e hizo 209 goles en 235 encuentros. Pero nunca fue campeón, más allá de su juego estelar. Cuando se fue a Boca, el equipo carioca terminó la temporada festejando. Algo parecido le sucedió en el seleccionado brasileño. Se lució, generó adhesiones múltiples (las mujeres, por ejemplo, iban a verlo exclusivamente a él), fue el máximo anotador de la Copa América en 1945, pero no ganó ni un Sudamericano.
   
Su historia parece un rompecabezas al que siempre le faltan piezas. Heleno es inabarcable. Eduardo Galeano lo contó en un puñado de palabras: "Tenía estampa de gitano, cara de Rodolfo Valentino y un humor de perro rabioso. En la cancha, resplandecía". Su origen era una excepción para los futbolistas de ese tiempo: procedía de una familia acaudalada y distinguida. Marcos Eduardo Neves, quien escribió una biografía sobre el futbolista, lo observa como "un jugador temperamental, guapo, millonario y elegante". Estaba casado con la hija de un diplomático y tenía un hijo, Luiz Eduardo. También le señalan mil romances extramatrimoniales. Quienes abordaron en profundidad sus tropiezos narran que, en su paso por Boca en 1948, mantenía un cercano vínculo con varias de las grandes protagonistas de la época. Tenía debilidad por rubias y famosas. Sucedió lo mismo en Colombia. Su profuso recorrido de alcobas no tenía fronteras.
En Barranquilla adoptó la condición de superhéroe. Andrés Salcedo -autor del libro El día en que el fútbol murió- lo comentó en una entrevista con el diario El Espectador: "Fue el primer gran ídolo deportivo que tuvo la ciudad. El primer futbolista al que se le perdonaron hasta los malos partidos y los excesos en su vida privada". La biografía novelada que escribió alrededor de Heleno nació de un detalle: "Llevaba mucho tiempo contándome a mí mismo esa historia, que fui enriqueciendo en mi mente a lo largo de los años. Pero la escena que dio origen a la novela siempre estuvo ahí, entre mis recuerdos de infancia: la llegada de Heleno de Freitas a mi barrio en su lujoso automóvil..." Gabriel García Márquez también lo ofreció como tema de sus columnas. Y la mítica revista Crónica lo puso en la portada de su primer número. La admiración se transformó en homenaje al partir: le dedicaron una estatua.
En el fútbol argentino jugó poco y no tan bien. Sus números: 17 partidos y 7 goles. Los diarios de esos días repetían: "No se adaptó".

 El periodista Federico Kotlar cuenta en esta redacción una anécdota que heredó de alguna charla familiar: Heleno jugaba invariablemente engominado y muy prolijo. Parecía ajeno al estilo luchador y barrero que caracterizaba a Boca. Entonces, en algunas ocasiones, en la Bombonera los hinchas solían gritarle: "Dale, Heleno, cabeceá que no te vas a despeinar". Para molestarlo, le decían "Gilda", como el personaje de Rita Hayworth. Era el precio que pagaba por su irascibilidad y cierta coquetería. Su paso fugaz no dejó huellas. Se fue en 1949 a Brasil, donde salió campeón con Vasco da Gama. Fue su única vuelta olímpica. Ese mismo año, partió a Colombia. Cuando regresó a Brasil, en 1950, sólo quedaban los retazos del crack. Probó sin éxito jugar en Santos. Y se retiró en América de Río de Janeiro. A esa altura, las mujeres ya no iban a verlo a los estadios.

Decían que había perdido glamour y belleza.
 La película Heleno, estrenada en 2011, lo muestra como el primer playboy del fútbol. "Era un vanguardista, su comportamiento era muy abierto para la época... Eso confrontaba con su alma atormentada", lo describió el director José Henrique Fonseca. Rodrigo Santoro -el actor encargado de llevar adelante el personaje- expresó, en ocasión del Festival de Cine de Cartagena del año pasado: "Gracias a la ficción, hice realidad un sueño de niño: ser futbolista, como Heleno. Me pareció una bella historia porque él es patrimonio del fútbol brasileño. Es un ícono popular del folclore de mi país. Y tuvo una importancia histórica en el deporte mundial". A Santoro la crítica lo aprobó. Antes, en los festivales de Lima y de La Habana, se había llevado el premio al mejor actor. Seis décadas después de su gloria, Heleno seguía en escena.
 
Había nacido en São João Nepomuceno, en 1920. Vivió como quiso y como pudo. Entre los extremos de su talento y de sus desvaríos. Atravesó, sin paz, todas las sensaciones. Se devoró la vida. Y viceversa. Quería ser el mejor de un deporte para el que estaba predestinado, pero del que despreciaba casi todo. Menos la pelota, la más fiel de sus compañías. Pagó su desmesura con intereses y recargos. Le detectaron neurosífilis en el hospital Santa Clara de Belo Horizonte. En breve, lo internaron en un manicomio de Barbacena, en Minas Gerais. La muerte lo encontró rápido. Estaba solo. A los 39 años, en noviembre de 1959, falleció. Cuentan que la enfermedad no le permitió percibir que -en el Mundial de Suecia- Brasil se había tomado revancha de aquel Maracanazo que tanto le había dolido. Ya estaba atrapado en su último infierno. Antes, con esa locura de fútbol bien jugado se había ganado el paraíso.
 
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